Solitarios con propósito

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El Ebro acoge a solitarios con propósito,
que salen a flirtear con el silencio
en una cita consigo mismos.

Cuando nadie los ve, hablan con el agua
o dejan que el agua les hable.

Luego vuelven a sus vidas normales,
donde yo ya no sé si son solitarios o tienen propósito alguno,
donde ya no es una mañana de domingo,
donde ya no sé si hablan
con el silencio.

Cosas que aprendí del #Ebro

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Viví muchos años de espaldas al río, y ahora me pregunto por qué, cómo pude.
Gracias a él, he aprendido
a buscar la luz
y ahora soy alguien que habla con los árboles,
que se mueve plácida,
que tiene un lugar donde perderse para encontrarse.
Me enseñó a caminar, que el mejor naranja nos lo da el atardecer,
que el cierzo no es mi enemigo
y que, en cuestión de paseantes, no hay nada escrito.
Que ninguna preocupación sobrevive al ruido del agua y que el amparo – a veces- te lo da el reflejo del cielo en todas las cosas que miras cuando te dejas llevar por los pasos, sin prisa, de este pequeño territorio mítico que es nuestro #Ebro.

El vals del #orden y el #caos

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Hay días en que tantas guerras se libran dentro de uno… que no queda más remedio que montar una tienda de campaña en el desorden.
La mente grita que todo esté siempre en su sitio, pero mejor que el corazón y el alma sepan bailar por igual con el caos y el orden, en orden y con caos, porque así es como funciona la lógica de la vida.
Yo, para engañar a la mente, paseo por la ciudad buscando la geometría en todas las pequeñas cosas: en esquinas, pomos de iglesias,chimeneas y tejados, barandillas y museos. Así, al final del día, mis ojos piensan que el mundo es un lugar lleno de equilibrio donde cada día llueve proporción, aunque el corazón y el alma sigan, a escondidas, llenando como toca su carnet de baile, unos valses con el orden, otros con el caos.

Unos bailes con la belleza del #orden, otros con la alegría del #caos.

¿De un triste #bonito?

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Alguien me dijo que el invierno era de un triste #bonito.
Me dio por pensar en para qué servirá la tristeza: está esa que desgarra, y otra, tenue, que atonta las ganas de emoción y nos lleva a un mundo de tardes de domingo y aguas mansas.

A mí las tristezas  me sacan a paseos que ordenan el caos;  puestos a estar tontones, mejor que sea en invierno, con la hoja caída y el tronco pelado, a tono con el ánimo lento.

Y la tristeza será triste, pero no siempre es fea ni inútil: que se lo pregunten a los árboles que mudan o a aquellos que, con todas sus heridas, fabricaron el mejor bálsamo.

 

Quiero caminar ligera

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Iba a escribir sobre la contradicción del naranja tan alegre que tienen las hojas en otoño, justo antes de caer, como canto de pájaro espino. Cuando no ejercía de caminante, noviembre me comía el ánimo y la luz, que se me iban como a otro planeta. Pero cómo voy a deprimirme ahora, que no hago sino ver durante horas árboles y suelos llenos de naranja calabaza , como anunciando que la vida sigue más allá de todos los inviernos.
Me pregunto, el día que yo sea hoja y pájaro espino, cuál será mi canto al final del otoño.
Ojalá sea uno donde grite a capella  que caminé ligera: de miedos y envidias, afanes que no eran míos, corsés que me apretaban, vidas que no quería, personas que no me hacían bien, libros con los que no aprendí y batallas que nunca quise luchar.

Ojalá sea ese, dentro de muchos noviembres, mi último naranja.