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#voluntad

 

agua ebroUn amigo me dijo que el invierno era triste y el agua del #Ebro fea.
Indignada, me puse las botas cámara en mano para demostrarle científicamente que no era cierto.»A encontrar belleza me ganan pocos», pensé, en un arranque de orgullo aragonés.
Tras unos kilómetros de más y el orgullo de menos, pensé que a lo mejor el invierno era triste, y que el agua del Ebro va a gustos, a días, y a ojos.
Que para qué iba a batallar por algo que para mí era evidente: que la belleza, como la felicidad, es cuestión de voluntad. Y hay dos maneras de encontrarla: viajando donde resulte evidente, o encontrándola allá donde estés.
Ambas hacen de este mundo un lugar más habitable.
Por ello,  en invierno, busco la luz aunque me lleve muchos kilómetros, al lado de un Ebro que me da el color que quiere y me canta que, al que no le guste, que se vaya a Finlandia.

Abuelas-de-antes (2), mindfulness y el no-problema catalán

Cinco minutos para explicar a un grupo de abuelas de antes cómo integrarse una semana en nuestro mundo, fue el reto que soñé apresurada entre abrazos por verlas venir del otro mundo a darse vacaciones: “las tareas de la casa son compartidas (alegría general, callé que es mentira), no deis una colleja a los críos que no es pedagogía sino peGagogía y os denuncian, os podéis divorciar pero es un rollo. Se os permite hacer cosas que no puedo poner aquí, por si lo lee gente, sin que os consideren una mala mujer (curiosidad general, risas y preguntas), sin embargo aunque todo ha cambiado nada ha cambiado, y el hombre sigue queriendo lo que quiere y la mujer pretende que quiere lo mismo pero muchas veces quiere otra cosa, o no, depende, a saber. No miréis los carteles publicitarios, pues os veréis gordas aunque no lo estéis, se llevan muy delgadas (aunque a ellos les siguen gustando las curvas) eso es para que compréis cremas que no necesitáis. Cuando trabajéis, cobraréis un sueldo (bieeen), que no os dará para mucho, pero menos os daba el vuestro. Como intentaréis llegar a todo y ser perfectas, estaréis estresadas y necesitaréis un curso de mindfulness (les dije que era como hacer
gancho, que te centra la cabeza, pero ahora por aprender tienes que pagar porque la vecina no te enseña gratis). Podéis conducir, viajar, hacer de todo, aunque necesitaréis dinero y tiempo que no tendréis, así que igual os sentís frustradas; no os preocupéis, hay libros de autoayuda que os dirán que lo importante es el amor. No veáis la tele (sentí vergüenza de explicar, a una generación que vivió una guerra, que en el telediario solamente verían a unos y otros echarse la culpa de todo e inventarse un no-problema catalán)… mejor os vais a andar, ahora las mujeres lo hacen por gusto en chándal+perlas, y no por ir lejos –de negro y en negro- a faenar. Vuestra resignación se llama hoy aceptar el ahora, y la felicidad fue, es y será una receta que tendréis que aprender solas a cocinar”.

Abuelas de antes (1): «hija mía no te cases».

“Hija mía NO-TE-CASES: pero si ahora trabajáis, conducís, os vais de vacaciones solas:¿casaaarse PA-QUÉ?” Dijo esa abuela que vino a la ciudad de luto y pañuelo en la cabeza, cuando vio la vida de su nieta. A las chicas de pueblo las abuelas nos metieron el bordado del ajuar mientras las feministas quemaban sujetadores. Antes muertas que dejarte salir mal peinada, “hija mía esos pelos que pareces una pelucia”, no pedían mucho a la vida ni al matrimonio, asumían que “cada altar tiene su cruz”, y la falta de opciones la suplían con providencia, pues “el que está pa-ti no te lo quita nadie, que matrimonio y mortaja del cielo baja”. Buen pretendiente era quien apreciaba sus guisos: “el que por comer no se mata, por trabajar menos”, y lo peor que podía hacer un novio era dejarse comida en el plato.
Sospechaban de tus noches de juerga, que tenías que penar (“nadie va de romería que no le pene al otro día”). Me pregunto qué nos dirían a todas esas nietas… unas divorciadas,otras en imposibles conciliaciones familiares-laborales, a las que viajan y se despeinan, a las madres solas, a las que se nos olvidó coser. Tal vez, como la abuela de mi amiga que vino de un pueblo de Teruel, acabarían quitándose el luto y -donde dije digo, digo Diego- “Hija mía NO-TE-CASES”, salvo… ¿quizás?, con alguien que te llene el corazón y haga de tu vida un lugar mucho mejor.

Viajar sin coche

Fui a Francia en bus, a ver a una amiga, y las señoras de al lado, para mi desgracia, se hicieron amigas. Una de ellas resultó estar muy preocupada por las manías de su marido, recién jubilado. Al señor le daba por liderar determinadas tareas de la casa con criterios no válidos según el estándar de su mujer; no sólo eso, sino que se dedicaba a gastar el presupuesto familiar en cacharros inútiles que requerían tiempo en montaje, tiempo que –según la señora- bien podía dedicarse a sacarla de viaje y complacerla. En tono de confesión, nos enteramos del cambio en gustos de ropa interior del señor, rarezas de la edad que llevaban a la señora a la búsqueda infructuosa de calzoncillos adecuados. Cuando llegamos a San Sebastián el señor vino a recoger a su señora, y me acompañó al bus que me llevaba a mi destino final, y a mi me dieron ganas de decirle que publicara un anuncio en facebook para encontrar sus calzoncillos perfectos, y que ya hallaría una ocupación post-jubilación, pero la etiqueta social hizo que
simplemente le dedicara una sonrisa. Seguí mi viaje sin coche,y de cómo pasé del autobús público a un Porsche galáctico es una historia que no procede narrativamente aquí, pero que ahí está. Ya con mi amiga, no montaba desde los nueve años, pero apártense las viejecitas francesas que va Reyes a la playa en una bici roja. Me remojé en el mar con grandes olas a modo de bautizo en el Jordán, tomé el último sol y disfruté de la amistad. Casualidad, aparecieron unos divertidos y amables caballeros residentes en mi ciudad, con los que fuimos a cenar, y que me eximieron de la vuelta en bus a España, dejándome en la puertecita de mi casa, como a una reina. De lo cual concluí que no pasa nada por no tener coche, porque hace que escuches historias sobre los calzoncillos de los jubilados, viajes en Porsche, montes en bici, y te traten como a una reina.

A suplicar con humor.

De cómo supliqué a un funcionario “por el AMOR DE DIOS NECESITO ese certificado”… es una larga historia; la administración pública ha conseguido de mí que pierda mi norte con frecuencia, en público y a voz alzada, generalmente sin ningún resultado salvo mi vergüenza y la empatía de los presentes. Súplicas confesables, por comunes: la de una amiga a su marido infiel, la emitida al Dios Hacienda, para que no te castigue. La de que “él te llame” (como si eso funcionara). La de que no llueva el día de tu boda, la de los equipos de fútbol a la Virgen de cada cual (parece ser que la Liga ¿se juega en más allá?). La de la vela para el día del examen, el grano que no crezca,
la falda que te quepa, que llegue el viernes, o que no llegue la multa: súplicas de estar por casa por las que, cuando toca, hay que perder la compostura a gusto, por respeto a aquellas otras, de otros, que tienen que ver con no me mates, dame alimento/refugio/cúrame. Por eso me arrastro por un certificado, suplico amor, pido ayuda a un amigo, traiciono mi orgullo por un abrazo, y por eso respeto a mis amigas que esperan con su súplica a la puerta del trabajo de sus maridos infieles. Porque unos días toca pedir y otros dar, y “perder la dignidad” hoy, es aprender la humanidad que mañana regalamos al otro.