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La tribu de los libres

Escribía Kapuscinsky, en Ébano, sobre dos tribus africanas vecinas: «Los baganda son gentes muy pulcras en lo que a limpieza y ropa se refiere. Al contrario que sus compatriotas, los karamajoy, que desprecian las vestimentas al considerar que la única belleza está en un cuerpo humano desnudo, los baganda se visten cuidadosa y meticulosamente, tapando los brazos hasta las muñecas y las piernas hasta los tobillos».

No sé en qué tribu de las dos me hubiese costado integrarme más, porque ni soy meticulosa en la vestimenta ni nudista, o puedo ejercer de ambas llegado el caso. Me acordé de este fragmento escuchando a la actriz Emma Thompson sobre la dificultad de mirarse en el espejo, desnuda, para una mujer de mediana edad, en una tribu mediática que impone el canon de un cuerpo imposible: probablemente, le diría a Emma, sobre las alfombras rojas a las que acudes,  los baganda se espantarían de los vestidos que enseñan demasiado y, los karamajoy, los que tapan demasiado: unos y otros, deduzco, quedarían extrañados de una tribu que relaciona éxito y delgadez.

Cuando, en tiempos de la universidad, volvía al pueblo en vacaciones y mi abuela me decía que «estaba guapa»,  significaba que había engordado (para mi disgusto). Nada como una generación que sufrió el hambre de posguerra para apreciar la vida que rezuma una mujer algo «entradita en carnes», en la que ella veía fertilidad, fuerza y vida. «Mi nieta es como el tordo – decía – la cara delgada y el culo gordo». Para ella y las mujeres de su tribu, el pelo rizado había que domesticarlo y un moño estirado denotaba elegancia, el largo de la falda era largo y cosían puntillas de ganchillo a todo.

En su tribu, las sábanas se lavaban con azulete y plancharlas constituía un rito iniciático que solo unas pocas almas elegidas realizaban a su gusto. En la mía, en mi tribu vecina de aquellos años, el negro no era señal de luto, sino de modernidad, y las botas militares no se usaban para invadir, sino para saltar en discotecas al ritmo de Nirvana.

Pertenecíamos a tribus vecinas con cánones de belleza y vestimenta distintas, condenadas a entenderse, como los baganda y los karamajoy.

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Hoy me acuerdo de Emma Thomson y de esas dos tribus africanas, porque vuelvo de la piscina pública donde suelo ir a nadar,  y en el vestuario convivíamos mujeres desnudas de tribus variadas y distintas -en cuerpo y vestimenta- con total naturalidad.

Al verlas he pensado que me gusta vivir donde vivo: puedo ser meticulosa en el vestir como un baganda o viajar a lugares donde el nudismo es lo bello, al uso de los karamajoy.

Puedo llevar un moño estirado al gusto de mi abuela, o dejar que los rizos vuelen salvajes; ver cómo mi sobrina pone de moda esas botas negras, rebeldes, con las que bailé. Puedo ponerme en huelga de planchar las sábanas o sacar del baúl las de mi abuela, rígidas de azulete, con los bordes sembrados de puntillas.

Puedo mirarme en el espejo y decidir que soy de la tribu de los libres que eligen ser (en cuerpo, vestimenta, creencias, saberes y afectos) de todas las tribus.

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