Historias que son faro

“No se puede pensar el faro sin el mar. Porque son uno, pero a la vez lo contrario. El mar se expande hacia el horizonte, el faro apunta en dirección al cielo. El mar es movimiento perpetuo; el faro es un vigía congelado. El mar es voluble, el faro es un señor estoico. El mar atrae desde la lejanía (…) el faro llama con su luz desde la bruma”.

Jazmina Barrera, en su Cuaderno de faros, peregrina a través de sus vivencias sobre algunos de los faros que le atrajeron.  faro 2Cuenta Jazmina que ese libro nació de un impulso coleccionista, en este caso, de viajes a faros.

¿Coleccionamos todos algo?

Porque dice mucho de nosotros lo que acumulamos en cada momento, o dónde depositamos este afán de atesorar objetos, experiencias, paisajes. En mi caso, no soy una coleccionista obsesiva, más bien camino ligera por la vida y las cosas: he afanado con sensatez  intereses distintos, que cambian con la edad, y mis pocas posesiones han sufrido expurgos implacables producto de muchas mudanzas. Salvo por algo que este libro me desveló: colecciono historias. Mi memoria, ajena a mí, atrapa y atesora con instinto cazador lo que me cuentan personas, libros, paisajes, situaciones; mis tesoros se almacenan en neuronas invisibles.

Historias que son faro

Viajar con Jazmina por tantos faros despertó otra pregunta, la de saber qué ejercía de faro entre brumas y mareas inciertas: personas, afectos y creencias, sin duda. Pero faro inesperado han sido las historias: en ellas, todo viaje tiene un sentido, un argumento, una lógica y un puerto al que llegar. Por contra, la vida no siempre procede narrativamente: en los días de carne y hueso, lo que pensamos comedia se torna drama, un personaje muere cuando no toca, y los secundarios obtienen, a veces sin esfuerzo, la atención.

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Las historias y los libros son faro porque con ellos viajamos en las noches oscuras: amamos pasiones sin lesiones, aprendemos lecciones sin baches y vivimos odiseas sin tanto esfuerzo.

Colecciono historias porque, al escuchar y leer los relatos de otros,  se carga la batería de una luz poderosa.

Cuando las escribo, sé que al menos, en ellas, no existe la noche y, si llega, puedo conducir las naves a palabras que lleguen a buen puerto.

 

Mujeres que caminan

“Los lugares nuevos te ofrecen nuevos pensamientos, nuevas posibilidades. Explorar el mundo es una de las mejores maneras de explorar la mente, y el caminar viaja a la vez por ambos terrenos”. Lo dice Rebecca Solnit, en su “Wanderlust, una historia del caminar”.

Cuando caminamos los lugares (conocidos o nuevos) nos apropiamos de ellos, los hacemos nuestros. Por eso caminar engancha: sientes en el cuerpo el paisaje, lo haces tuyo, y te sana. “Caminar es un remedio contra la ansiedad o la melancolía (…) La suerte del caminante, dentro de su angustia, es la oportunidad que se le ofrece de un cuerpo a cuerpo con su existencia, de conservar un contacto físico con las cosas”, dice Le Bretón en su “Elogio del caminar”.

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Caminar es un verbo que nunca he dado por sentado: mi padre padeció polio y, aunque ha sobrevolado el mundo con paso firme, lo ha hecho con muletas y en silla de ruedas. Mi madre, por su enfermedad, no podía dar muchos pasos. Por esa certeza, cuando llegué a la plaza del Obradoiro les brindé los kilómetros en los que recogí las historias de tantos que me contaron su porqué: el misterio de los que cometen la locura de echarse la mochila a la espalda durante ochocientos kilómetros… ¡por propia voluntad!

 

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Cuando comento que mi siguiente proyecto literario se centra en historias de mujeres que caminan, inmediatamente surge el tema del viaje y los amigos me llenan de referencias literarias de pioneras y exploradoras, mujeres que han hecho cima o abierto lejanos caminos.  Sin duda la exploración, el viaje  y el reto son motivos detrás de tantos pasos que resuenan atractivos y aventureros. Pero también se camina por trabajo, por huida, por supervivencia o como forma de contemplación o redención: se caminan los claustros, caminan las pastoras trashumantes, las mujeres que “hacen la calle”, las que desfilan. Caminan mujeres hasta el pozo de agua, la peregrina tras una promesa, la mujer que huye de una guerra. Caminan las mujeres estresadas que buscan calma, amigas en grupos de paseo o marcha nórdica. La que vaga por la ciudad por el propio placer de hacerlo, la que a diario acude a su huerto. Las que caminan como forma de protesta. Caminan las mujeres que no pueden caminar pero vuelan y se apropian de lugares que les pertenecen por derecho.

Por sus historias, yo caminaré palabras.

Amar sin estar enamorado

En vietnamita existen diferentes palabras para formas distintas de amar. Thich, amar con gusto. Thong, amar sin estar enamorado. Yêu, amar amorosamente. , amar con embriaguez. Mu quang, amar ciegamente. Thinh nghia, amar por gratitud. Las apunté rápido con tinta certera cuando leía Ru, de la vietnamita Kim Thuy, en un viaje literario por autoras asiáticas del que aprendí otros lenguajes, otras lógicas, otras formas de narrar.

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En español sinónimo de amar es querer, que parece relegado a un papel secundario, como si fuese un sucedáneo descafeinado del deseo. Pero resulta que me gustan los actores secundarios y las tramas subyacentes, y prefiero querer más que amar: atesora un segundo significado, el de la voluntad. Tal vez «querer hacer o ser algo» sea también amar algo. El castellano entonces guarda la sorpresa de este verbo que es mitad afecto mitad decisión de profesarlo. Y aunque el diccionario me recuerda que sinónimo de amar es también desear, hoy convierto a querer en protagonista: quiero explorar con vosotros todos esos verbos vietnamitas de amor, a ver qué resulta.

El verbo amar con gusto, el de los que se saben disfrutones porque, si no gusta, ¿para qué amar? El de amar amorosamente, que conjuga mi gata en el sofá. El de amar con embriaguez, del  que ya me aburrí, pero… si es el vuestro, tranquilos, porque ¡historias hay mil! El de amar sin estar enamorado, que es el del noventa y mil por ciento del universo infinito de las cosas y personas que amo. El de amar ciegamente, que escondo debajo de una piedra, lo cambio por otro que defina amar con lucidez. El de amar con gratitud a esas personas que ya no están en tu vida, pero estuvieron y te dieron.

Nos inventaremos otra palabra para amar con libertad: cuando dejas marchar o decides ser y dejar ser. O amar con calma, que dibuja con trazos delicados el baile de los afectos: se posan donde ellos quieren por efecto de la gravedad. El de amar porque no queda más remedio: lo conjuga la buena gente que se rinde a su buen carácter y prefiere no odiar. El de amar con sensatez lo que equivocas. El de amar por amar, sin objeto ni objetivos. El de amar toda la vida, que en pasado y presente predice el futuro perfecto de personas, causas y lugares que te  ayudarán a conjugar todo lo demás.

Seres de luz y sombra

IMG_20180616_103452648 Me gustan los objetos y las personas que con su luz y su sombra llenan por sí solas el espacio. Me recuerda que la soledad tiene su encanto y su brillo, cierto misterio que sólo conoce quien está dispuesto a viajar con uno mismo allá donde sea. Por eso ando por aquí y por allá cámara en mano atrapando esa elegancia, las de los troncos fuera del árbol y las hojas que vuelan libres caídas de la rama.

Entiendo tan bien a todos esos  seres que habitan el silencio, las de todas esas cosas que llenan el espacio vacío,  las de todos aquellos que lucen tan intenso en su luz como en su sombra.

El momento perfecto.

IMG_20180131_070122_117 Muy de vez en cuando se nos regala un momento perfecto, uno el que el  azul,  el verde  y el sol por fin hacen bien su trabajo.

Muy de vez en cuando el viento nos trae una noche de vino y rosas mientras el mundo sigue su prisa.

Muy de vez en cuando los planes salen tan bien que no queda más remedio que celebrarlo.

Deberíamos guardarlos, en algún baúl del corazón. La colección de todos esos ratos  que amanecen nuestra vida.